Aún no te he copiado ninguna receta, aún no he querido ni tan si quiera aprender a hacer tus huevos rotos, ni tu tortilla de patatas. Esa que me enamoró. Aún no he querido verte cocinar, tan solo distraerte de vez en cuando, no he querido por que significaría el último plato. Llamado nosotros. Tras ello pediría la cuenta.
Siempre he odiado el momento en el que un hombre, cualquiera, pide la cuenta. Seguramente el precio te parecerá desorbitado, seguramente no entiendas por qué no una última copa.
Ya tengo la receta, no necesito más.
Así medía yo a los hombres, en aprendizajes culinarios. Contigo prefería aprenderlos en los viajes. Los macarrones al pesto de Florencia, esos que quieres robarme y no puedes, por que sabes que sin mi tendría un sabor amargo. Los quesos de todas las ciudades a las que voy, algunos contienen demasiado amor y no me dejan pasarlos, pero casi todos llegan, de una forma u otra. El fanatismo por el vino blanco, en cualquier restaurante, cualquier noche o en cualquier discusión que se alargue.
No quiero aprender lo que sabes hacer, quiero vivirlo, compartirlo, verte disfrutar, vernos. Aprender a veces significa desprenderte de lo anterior, evolucionar, y yo solo quiero crecer contigo. No quiero hacer un día una tortilla de patatas, siento decirlo pero mejorada, para cualquier otro sabiendo que lo aprendí de ti, y que ese es ahora nuestro único recuerdo. Duradero.
No quiero que tu seas unos espagueti a la carbonara con philadelfia como secreto, ni una lasaña con calabacín, ni vino diamante, ni la forma de hacer la bechamel, no quiero que seas un brownie, ni quiero que seas cualquier otra receta que simplemente sea eso, una receta.
Quiero que seas el que me enseñe a atarme los cordones con doble nudo para que no me caiga, que me enseñe a encontrar la calma cuando mi mundo se alborota, que me enseñes de poker aunque no me quede con nada, solo por verte feliz, quiero que seas el que me regale libros sin letras para que no lea tanto, quiero que seas el que se esfuerce por hacer las cosas mejor aunque ya seas todo lo mejor que quiero. Quiero que te requisen todas las flores porque no tendría sentido que las regalases tú. Quiero que seas el que espera que vea un día el fútbol aunque solo sea por hacerte feliz, el que se emocione con unas acuarelas aunque las tenga en su estantería, el que ponga veinte mantas para que yo no pase frío pero se muera de calor, quiero que me enseñes a descubrirte lentamente, no tengo prisa. Voy a hacerte todos los desayunos, por que un día dijiste que era lo más bonito que nadie había hecho por ti, quiero que no dejes de enseñarme a amar, quiero no dejar de aprender contigo, pero no quiero aprenderme tus recetas, tus secretos, por que a veces conocer demasiado significa no tener nada por descubrir. Y así siempre nos quedará algo, como es Paris para los enamorados, como es Florencia para nosotros.
Quiero tortilla, como secreto, entre tu y yo.
Siempre he odiado el momento en el que un hombre, cualquiera, pide la cuenta. Seguramente el precio te parecerá desorbitado, seguramente no entiendas por qué no una última copa.
Ya tengo la receta, no necesito más.
Así medía yo a los hombres, en aprendizajes culinarios. Contigo prefería aprenderlos en los viajes. Los macarrones al pesto de Florencia, esos que quieres robarme y no puedes, por que sabes que sin mi tendría un sabor amargo. Los quesos de todas las ciudades a las que voy, algunos contienen demasiado amor y no me dejan pasarlos, pero casi todos llegan, de una forma u otra. El fanatismo por el vino blanco, en cualquier restaurante, cualquier noche o en cualquier discusión que se alargue.
No quiero aprender lo que sabes hacer, quiero vivirlo, compartirlo, verte disfrutar, vernos. Aprender a veces significa desprenderte de lo anterior, evolucionar, y yo solo quiero crecer contigo. No quiero hacer un día una tortilla de patatas, siento decirlo pero mejorada, para cualquier otro sabiendo que lo aprendí de ti, y que ese es ahora nuestro único recuerdo. Duradero.
No quiero que tu seas unos espagueti a la carbonara con philadelfia como secreto, ni una lasaña con calabacín, ni vino diamante, ni la forma de hacer la bechamel, no quiero que seas un brownie, ni quiero que seas cualquier otra receta que simplemente sea eso, una receta.
Quiero que seas el que me enseñe a atarme los cordones con doble nudo para que no me caiga, que me enseñe a encontrar la calma cuando mi mundo se alborota, que me enseñes de poker aunque no me quede con nada, solo por verte feliz, quiero que seas el que me regale libros sin letras para que no lea tanto, quiero que seas el que se esfuerce por hacer las cosas mejor aunque ya seas todo lo mejor que quiero. Quiero que te requisen todas las flores porque no tendría sentido que las regalases tú. Quiero que seas el que espera que vea un día el fútbol aunque solo sea por hacerte feliz, el que se emocione con unas acuarelas aunque las tenga en su estantería, el que ponga veinte mantas para que yo no pase frío pero se muera de calor, quiero que me enseñes a descubrirte lentamente, no tengo prisa. Voy a hacerte todos los desayunos, por que un día dijiste que era lo más bonito que nadie había hecho por ti, quiero que no dejes de enseñarme a amar, quiero no dejar de aprender contigo, pero no quiero aprenderme tus recetas, tus secretos, por que a veces conocer demasiado significa no tener nada por descubrir. Y así siempre nos quedará algo, como es Paris para los enamorados, como es Florencia para nosotros.
Quiero tortilla, como secreto, entre tu y yo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario