Miradas ajenas que invaden tu piel, cautivan sensaciones invitándote a ver más allá de lo que él susurra. Alguien lo notó, desde luego ninguno dijimos nada. Y entonces empecé a fijarme a darme cuenta, que el resto de miradas se clavaban en un mismo sentimiento. Aquello se repitió en repetidas ocasiones, y mientras yo iba buscándolo en su mirada. Y no llegaba.
Empecé a verlo claro aquel día cuando volvíamos a casa, en aquella distancia que siempre era la misma, pero que a veces costaba mucho traspasar, y otras era eterna, cuando no querías volver. Cuando empezabas a querer quedarte. Yo siempre iba andando, me gustaba verlo disfrutar como un niño, caprichoso, equilibrista, sonriente, me gustaba ver cómo se daba la vuelta y me miraba preguntando con su aquella mueca, si estaba bien. Y yo sólo me reía. Alguna vez se cruzaban miradas, personas, o caídas.
Aquella noche venía tras nosotros una pareja, iban cogidos de la mano, charlando como cualquier paseo acompañado, y no dejaban de mirar, no dejaban de transmitirme aquel sentimiento, aquella sensación que no he dejado de tener desde entonces. Podía ver el reflejo en sus ojos, podía sentir sus pensamientos, y podía ver como él seguía mirándome como solo mira un niño.
Seguíamos escondiendo todo, aferrándonos al miedo, al dolor pasado, seguíamos creyendo que éste momento no llegaría. Pero la vida sigue su curso, y no espera a cobardes.
A veces, muchas, me he sentido una extraña, he sentido pieles, labios, edades, he sentido amores banos, temporales, he creido eternos y verdaderos, he conocido muchas camas, y muchos cuerpos, y otros que he abandonado en el camino al desnudo. Pero siempre hay una piel que te imanta. Que frena todos esos años en seco, te deja inmóvil mientras el universo te rodea dando vueltas a la velocidad de la luz. Y tú sigues ahí, parada, sintiendo que es la hora, que es la piel, que es esta estación, esta parada, que es la hora de un poquito de amor. Y ahora ya es en tus ojos dónde veo el reflejo de todo esto nuestro.
Empecé a verlo claro aquel día cuando volvíamos a casa, en aquella distancia que siempre era la misma, pero que a veces costaba mucho traspasar, y otras era eterna, cuando no querías volver. Cuando empezabas a querer quedarte. Yo siempre iba andando, me gustaba verlo disfrutar como un niño, caprichoso, equilibrista, sonriente, me gustaba ver cómo se daba la vuelta y me miraba preguntando con su aquella mueca, si estaba bien. Y yo sólo me reía. Alguna vez se cruzaban miradas, personas, o caídas.
Aquella noche venía tras nosotros una pareja, iban cogidos de la mano, charlando como cualquier paseo acompañado, y no dejaban de mirar, no dejaban de transmitirme aquel sentimiento, aquella sensación que no he dejado de tener desde entonces. Podía ver el reflejo en sus ojos, podía sentir sus pensamientos, y podía ver como él seguía mirándome como solo mira un niño.
Seguíamos escondiendo todo, aferrándonos al miedo, al dolor pasado, seguíamos creyendo que éste momento no llegaría. Pero la vida sigue su curso, y no espera a cobardes.
A veces, muchas, me he sentido una extraña, he sentido pieles, labios, edades, he sentido amores banos, temporales, he creido eternos y verdaderos, he conocido muchas camas, y muchos cuerpos, y otros que he abandonado en el camino al desnudo. Pero siempre hay una piel que te imanta. Que frena todos esos años en seco, te deja inmóvil mientras el universo te rodea dando vueltas a la velocidad de la luz. Y tú sigues ahí, parada, sintiendo que es la hora, que es la piel, que es esta estación, esta parada, que es la hora de un poquito de amor. Y ahora ya es en tus ojos dónde veo el reflejo de todo esto nuestro.