Aún tengo demasiado miedo para vomitar sola y tu te vas.
La ultima vez yo estaba desnuda y acabábamos de follar. Aún me agarraba el pelo, pero ya se había corrido. Recuerdo aquella sensación de saber que nada malo podía pasar, porque aún estaba allí.
Esta vez estaba vestida, y la última vez que follamos fue cuando aun dudabas de nuestro sentido, de nuestro futuro. Me cogías el pelo como quien coge lo que ya se ha caído.
Jamás había visto caminar tanta tristeza junta. Solo la lluvia podía competir con sus lágrimas.
Ni siquiera caminar con 20 cuchillos clavados en la espalda sería más duro, todo era dolor. Un dolor que uno no quiere sentir jamás, pero un dolor que todos sufrimos alguna vez en la vida.
Pensamos en que pasen los días rápido, las noches que sean de sueños profundos e intensos, sin desvelo. Pensamos en no vivir por el dolor, no queremos ser capaces de afrontarlo. Cuando algo acaba nos aferramos como nunca al pasado, a todas las palabras que nunca dijimos, nos aferramos a la esperanza de algo que nunca pasó. Lo imaginamos, lo soñamos, lo sentimos y lo hacemos nuestro. Y mientras tanto la vida pasa por delante nuestra, esperando que sea la hora, que pase todo y no pensamos en armarnos de valentía para superarlo. Esperamos y esperamos a que pase y lo único que pasa es el tiempo que nos pertenece. Y seguimos aferrándonos a la nostalgia de todo aquello que nunca pasó.
Debemos afrontar la vida como viene, debemos ser fuertes en todo momento, aunque nuestra fortaleza se rompa. Soy capaz de decir veinte veces al día que no puedo, y no creerlo ni una sola. La intensidad de una sonrisa se mide con toda la fuerza que el dolor de lo vivido le dió.
Cuando una persona muere la perdemos para siempre, cuando un amor se va también. Pero es más duro por que aún preservamos la esperanza de que regrese, de que regrese con toda la fuerza, incluso con más de la que se fue. Cuando perdemos a alguien ya no podemos hacer nada, es por eso que debemos hacer lo que esté en nuestra mano para ser felices. Aprender que nuestra felicidad depende exclusivamente de nosotros mismos es muy difícil. Somos felices cuando estamos rodeados, cuando compartimos con alguien, pero en realidad somos nosotros quienes sonreímos, quienes sentimos ese placer, quienes pronunciamos nuestra sonrisa.
Desgraciadamente nosotros somos nuestro peor enemigo. Perderse resulta fácil, martirizarse más. Y de repente nos vemos sumergidos en un torbellino de constantes pensamientos negativos que han nacido con un solo fin, autodestruirnos. Y esa es nuestra lucha. Una lucha que dura toda la vida, a veces fría, a veces pasajera, a veces eterna. Pero la verdad, es que nada dura para siempre. Somos finitos, y como finitos debemos aceptar que todo nuestro mundo también lo es.
Así que este dolor de final, de treintayunos imposibles se irá, como tú te has ido.
Y yo seguiré cuidando mi sonrisa, para seguir escuchando que ojalá el mundo se refugiase en ella.