Necesitaba sentirme perdida en una ciudad, caminar a la deriva sin conocer el camino, los escondites, o los atajos. Sin saber a dónde iba, ni de donde venía. Sentarme en los bares por azar a probar suerte.
Era diciembre, y ya había llegado el frío, contigo. Te encontré por casualidad; Ahí estabas tú, riendo como siempre. Ni siquiera me habías reconocido, y entonces te sobresaltaste y me abrazaste con intensidad. Joder, sin dudarlo mucho esa noche me hubiese acostado contigo una y otra vez. Pero yo me fui para evitarlo y tú no me llamaste para convencerme.
Ahora, tres años después, sé que si lo hubieras hecho mi vida habría cambiado tanto de rumbo que podría haberme perdido en tu cuerpo. No sé si para mejor, no puedo decírtelo. Porque nunca pasó, como esta última vez.
Y sin embargo sigo teniendo las mismas putas ganas de follarte una y otra vez.
Pero tampoco te llamé.
Nuestro último beso fue en verano, ibas con prisa y con miedo y yo con ganas, y volví a dejarte ir, tu no volviste a buscarme.
Pero siempre acabamos encontrándonos, siempre acabamos buscándonos, cuando necesitamos hablar de amor y follarnos. Somos el cuerpo que te acoge cuando te han herido, te cura, te cuida y después te deja libre.
Como la primera y última vez.