Lo único que convierte en hogar una casa son las vistas a la ciudad desde la cama. Desde el primer momento compartí ese espacio contigo. Tu edificio favorito se veía desde todos los rincones de la habitación.
Las casualidades son la parte más bonita de la historia. Siempre lo son. Encontrar coincidencias bajo la piel hace que leer un cuerpo sea mucho más excitante.
Aquella noche tenías razón, las cosas siempre se estropean, las estropeamos porque queremos ser inalterables, insensibles, indoloros, poniendo barreras para que nada ni nadie las traspase.
Todo este tiempo he estado arreglando los rotos. Esas oquedades que tú mismo generas, que tu mismo permites que los demás traspasen. Aún sin quererlo, porque es inevitable.
Ayer los besos comenzaron en la ventana, por tu espalda. Cambiamos y tú seguiste besándome por el cuello. Miré hacia el suelo y sonreí, podía ver mis pies y los tuyos un poco más atrás. Había silencio y alguna vez nos miramos. Ninguno quiso interrumpir el momento.
La ciudad se calló para escucharnos y pudo sentir el eco de algún orgasmo. Desde que miro la ciudad desde mi cama, no había sido capaz de sentirla. Y sin embargo Londres supo abandonarnos. Éramos tú y yo, las luces, la lluvia, el ruido simplemente nos dejamos envolver.
Las cosas normales me aburren, necesito, busco y lucho por complicar cada momento. A veces capricho a veces necesidad. Pero siempre complicado. Tú lo pones todo difícil y eso me excita. Por eso me gustas.
Ardo cuando tus manos me tocan, ardo cuando me dejas a medias y sonríes, ardo cuando juegas conmigo. Y te quemas. Y me quemas. Y cruzo miradas en el metro con hombres a los que les haría todo lo que a ti no te hago. Les gritaría que ojalá me cojan del pelo me den la vuelta y me follen como si no me conocieran. Como sino nos conociéramos.
Y luego llego a tu parada de metro, camino hasta tu casa pensando en dejarle mi numero a aquel camarero. Con el que coquetee mientras tú y yo nos confesábamos que no íbamos a ser celosos.
Pero yo sigo con las ganas y sin dejarle mi numero, y tu sigues con tus ganas y sin poder gritar más de lo que quieres.
Y sin embargo duermo en tu cama.
En una guerra a vida o muerte tu me harás más daño, pero yo seré más fuerte.
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