jueves, 2 de mayo de 2013

Aquello del existencialismo.

Todo da vueltas, todo gira a una velocidad acojonante.
Sumando oscilaciones contradictorias. Unas y otras.
Y a veces no hay razones cuerdas para esta fluidez de lágrimas, pero terminan en mi boca. Dándome explicaciones.
Otra ciudad, otra vida, y las mismas dudas.
Echar freno a las cuentas del olvido. Y enfrentarme a mi cama y sus huellas.
A los sentimientos que se han apoderado de la lucha. Y consiguen vencerme. Nunca me ha gustado perder, y sin embargo estoy jodidamente perdida.
El sexo, las pieles, los besos y sus labios, las miradas entre deseo y deseo. Y ese juego de sábanas, que va cambiando cada semana. Como de pensamiento, de sentido.
Las ganas extremas de gritar, de salir corriendo o de romper a llorar. Y todo al mismo tiempo.
De encerrarme y esperar que llegue el olvido, y me dé la libertad. No hablo de ese olvido. No.
Hablo de todo esto, de cada elemento que rodea este espacio de vida difuso. Desalentado.
Ordenar todos estos elementos, encima de la mesa, y con toda la fuerza arrojarlos hasta verlos rotos en mil pedazos. Eso quiero.
Que sientan el vacío de este precipicio sin salida.
Todas las contradicciones que envuelven este caos.
El vértigo de sentir tambalear cada parte de mi organismo, mientras estoy inmovil.
De este desquicio irracional de pensamientos que atormentan la calma.
Quiero ser inmune, y desquebrajarme con razones, con todos los sentidos.
Pero ahora no.
Tiempo.

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