jueves, 28 de febrero de 2013

La calma.

El tacto de cualquier piel no vale más que mis escalofríos. No,que mis cicatrices. Las que la oquedad de mis lunares dejaron. Dejé.
Y me pregunto, en qué momento me perdí, cuando empecé a llenar aquel vacío de causualidades caóticas, a adentrarme en el oleaje de un mundo sinfin, sin sentido. Colateral.
Cuándo empecé a aceptar aquella quimera, a hacerla mía. Debí seguir las señales. Debí pensar menos. Y ahora tan sólo queda esa pérdida en la búsqueda anclada a cada pensamiento condicionándome a ser sierva de cada uno de ellos. Y qué ganas tengo de revolución, pacífica. De mirarme al espejo. De dar vida a aquellos detalles insignificantes a los que aferrarme para recobrar el aliento. Que ganas; infinitas, inmensas, extremas, incalculables, desorbitadas, que tengo de volver a ser yo.
Voy a mirarme en el espejo y me voy a perdonar por el daño que me he hecho. Voy a dejar a un lado el desquicio y voy a quitarme la ropa, para revestirme de calma, de equilibrio. De mí.
No quiero en mi cama vaivenes que agiten mis pensamientos. No quiero mezclas, quiero remover este caos tóxico y generar un conjunto equilibrado. Orden.
Me quiero a mí.
Perdón por las molestias.

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